¿POR QUÉ DIOS PERMITE QUE A LA GENTE BUENA LE PASEN COSAS MALAS? 

Bienvenidos a “Respuestas en la Biblia”, llegamos a la pregunta No. 139 dice: ¿Por qué Dios permite que a la gente buena le pasen cosas malas? Es una pregunta muy habitual que, de pronto, viene a nuestra mente cuando nos suceden cosas trágicas, fuertes o tristes. Es evidente que, en este mundo, nadie está exento de tragedias, catástrofes, accidentes y cualquier sin fin de sucesos fatídicos o malos. Y, creo que todos hemos conocido a alguien, o incluso, nosotros hemos pasado por cuestiones muy fuertes y tristes en nuestras vidas. También hemos sido testigos de gente que consideramos buena y nos preguntamos: ¿por qué Dios permite esto? 

EN REALIDAD, NO HAY NADIE BUENO          

Vamos a tratar de buscar una respuesta de manera objetiva y conforme a la Palabra. Por tanto, lo primero que tenemos que plantear es una realidad: No hay gente buena en el sentido absoluto de la palabra.  Eso lo dijo el mismo “Yeshua” (Jesús), nuestro Maestro, hablando de por qué a la gente buena le suceden cosas malas en Marcos 10:17-18:

 “Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios.” (Marcos 10:17-18 RVR60). 

Yeshua deja este principio muy claro: ‘Realmente no hay nadie bueno’. A nadie podemos considerar bueno en el sentido absoluto de la palabra. Tal vez, en nuestros estándares podemos ver a algunas personas como buenas o malas. Así como en las películas: los buenos y los malos. Sin embargo, todos estamos del otro lado de la línea. Todos estamos, ya sea, de una u otra manera, relacionados o en contacto con el pecado y eso, nos descalifica para poder decir: ‘Soy bueno o debería ser considerado bueno’. ¿Dónde se establece este principio? Hay varias citas, pero vamos a leer la que aparece en la carta a los Romanos 3:9-20:

 “Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos. Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” (Romanos 3:9-20 RVR60). 

Aquí, Pablo aclara que han sido acusados tanto judíos como gentiles, para que ninguno quisiera hacer una diferencia, porque para Dios, en este sentido, no la hay. Si se trata de ser acusados, todos estamos acusados porque todos estamos bajo pecado. Y a partir del verso 10, cita versos que no son nuevos, sino del “Tanak” (Antiguo Testamento), y confirma que no hay ni siquiera uno bueno. Así nuestra abuelita haya sido un pan de Dios, la verdad es que a ojos de la Palabra y de la justicia divina, no hay nadie bueno. Me parece que, con este simple pasaje, es muy clara y contundente la idea que la Biblia expresa: Realmente no hay nadie bueno delante de Dios. 

Podemos tener diferentes estándares, podemos conocer gente que consideramos buena en el ámbito humano, pero dista mucho de lo que Dios y Su justicia consideran como bueno. Esto es parte de la respuesta a esta pregunta. Se desbarata, de cierta manera, la pregunta bajo esta perspectiva. ¿Por qué a la gente buena le suceden cosas malas? Porque realmente no hay gente buena. Y esto, tenemos que aceptarlo y reconocerlo. En otras palabras, no tendríamos por qué juzgar o cuestionar a Dios. ¿Por qué me sucede esto si soy bueno? Cuando realmente no hay ninguno bueno como dijo Yeshua, sino solo el Eterno. Esta es una verdad que tenemos que aceptar, porque si creemos en la Palabra del Eterno, la debemos de considerar como una verdad absoluta. ’No hay nadie bueno delante de Él y, por lo tanto, nadie es como merecedor de eso’. 

DIOS O ES DEUDOR DE NADIE   

Y, por otro lado, sobre esta misma idea, la realidad también dentro de lo que estamos hablando, es que, Dios no es deudor de nadie. Dios no está condicionado a darnos cosas buenas, porque busquemos “ser buenos”. Así que, no podemos exigirle a Dios o, aunque no le exijamos, a veces, dudamos. Entonces, yo quiero construir un pensamiento nuevo en cada uno de ustedes, sobre lo que Dios es y sobre lo que Dios hace. Esto es un principio importante: ‘Dios no es deudor de nadie’. Y, por lo tanto, NO le debe nada a nadie. No importa que una persona se considere buena y haga muchas cosas, sea el más tierno y cariñosito de todos. Realmente no por ello es merecedor de que Dios le dé o no le dé o, permita ciertas cosas. Pensar de esta forma, sería como hacer a Dios deudor. Y esto no puede ser, porque Dios no es deudor de nadie. Dios no puede tener una posición así delante de nadie. Dios no puede estar en deuda o en desequilibrio de la balanza con respecto a alguien. Es decir, si a una persona considerada buena le sucede algo malo, eso no quiere decir que Dios nos diga: ‘Discúlpame, estoy en deuda contigo’. ‘Realmente se me escapó esto de las manos, tú no lo merecías porque alguien tan bueno no merece algo tan malo’. En fin, podríamos pensar algo así y Dios no está en esa posición. Y esto, tenemos que aceptarlo como creyentes que estamos caminando hacia la madurez y hacia una relación con Dios, ya no basada en sentimientos, sino en el principio que Él mismo establece en esa relación. 

Entonces, a la gente “buena”, llamémosla así entre comillas, le pueden venir cosas malas, pero también, sin duda, le vienen cosas buenas. Eso también debemos considerarlo. Y ahí, nadie lo ve como una deuda. Cuando nos toca una gran bendición, no nos ponemos a pensar que nos somos lo suficientemente buenos. ‘Que no merecemos esta quincena, una rica comida, nuestra casa, o los hijos, nuestro (a) esposo (a)’. En fin. Realmente no nos sentimos así. Damos gracias, pero tampoco lo vemos como una deuda, cuando nos toca algo bueno. No decimos: ‘Qué deuda tenemos con Dios por habernos dado el pan de cada día’. Simplemente, sentimos que es parte de lo que ya nos tocaba. 

¿Cómo podríamos medir lo justo o bueno para unos y lo injusto y malo para otros? ¿Cuánto es lo justo para recibir aquel que es justo y lo que es injusto para recibir a aquel que es injusto? No tendríamos nosotros manera de poderlo determinar, no podríamos ser jueces justos en esta instancia. Todos, de una u otra manera, estamos en un desequilibrio si lo vemos así. Porque el cuestionamiento principal ante este tipo de preguntas: ¿por qué Dios permite que, a la gente buena, le pasen cosas malas? Es como una injusticia y el resultado final es que Dios no es justo. Que hay un desequilibrio en la balanza y que Dios está en deuda. Por tanto, nosotros no podemos determinar, ni definir esto. 

DIOS ES SOBERANO, PERO JUSTO   

¡Dios es soberano! Y este es un principio también muy importante en nuestra relación con Dios y en entender quién es Él. Dios es soberano, pero es justo. ¿Qué implica que sea soberano? Que no tiene que pedirle permiso a nadie. Que no tiene que darle explicaciones a nadie. Él es absoluto, no necesita consultar con nadie y Él tiene la sabiduría suficiente para decidir siempre lo mejor. Entonces, todo lo que pasa, obviamente, no va a escapar de su voluntad, ni de su soberanía. Él puede obrar como le plazca. ¡Esa es la verdad! Hemos establecido el principio de que nosotros no somos buenos, no podemos considerarnos como justos delante de Él. Dios no es deudor de nadie. Y, por otro lado, Dios es soberano y Él puede actuar como Él lo decida. ¿Quiénes somos nosotros, los humanos finitos, limitados en nuestros sentidos, en nuestras capacidades cognitivas, en nuestra espiritualidad y hasta limitados en el aspecto físico? No podemos estar ni en dos partes al mismo tiempo. Con todas estas limitaciones: ¿podríamos comprender los designios de Dios, pedirle cuentas y cuestionar sus caminos, sus decisiones? Leamos, una vez más, la carta a los Romanos 9:13-24:

 “Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece. Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?” (Romanos 9:13-24 RVR60). 

Es un cuestionamiento bastante complejo el que desata aquí Pablo sobre la soberanía de Dios. La interrogante inicial surge de Jacob y Esaú, que es por demás controversial. Nosotros sabemos la historia, pero parece que Dios está tomando una decisión predeterminada. Es decir, todavía no nacían y Dios ya había tomado una elección de amar a Jacob y de aborrecer a Esaú. Entonces, la soberanía y, al mismo tiempo, la omnisapiencia de Dios entran en esta ecuación. Me parecen muy interesantes los cuestionamientos como en un diálogo ficticio que hace Pablo, como diciendo: ‘¿Qué pues diremos, hay injusticia en Dios?’ Es decir, nosotros podemos cuestionar a Dios y decirle: ‘Tú no puedes decidir sobre dos bebés que todavía no nacen’. La respuesta a esta pregunta que es muy fuerte es todavía más fuerte: ‘Voy a tener misericordia del que yo quiera tener misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca’. ¿Quieren ver un ejemplo de ello? Ahí está Faraón al que se le levantó para que Dios fuera enaltecido, glorificado y conocido por la caída del mismo Faraón. Y la respuesta sigue en el verso 20-21: 

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  ¿O no tiene potestad el alfarero?”. 

¿A quién le tiene que pedir permiso Dios? 

¡Esa es la verdad! Aunque nos parezca fuerte, no podemos hacerlo a un lado aún en los momentos de dolor. Y con esto no quiere decir que Dios no sea sensible o consciente de lo que nos duele o nos puede afectar una situación. Estamos hablando de que, esto es parte de nuestra relación con Dios y parte de cómo es este Dios al que nosotros amamos, confiamos en Él, creemos en Él, pero es la verdad y así es Él. Él es soberano, absoluto y, ¿quiénes somos tú y yo para altercar con Él? Sé que la respuesta a esta pregunta no es muy concluyente y la respuesta, simplemente, parece ser otra pregunta: ‘¿Tú quién eres para que alterques con Dios?’. Seguramente no nos gusta esa respuesta, al menos a mí, no, pero esta respuesta es solo una parte, no quiere decir que sea la única respuesta que Dios nos dé. Les digo una vez más, Dios no es insensible a lo que nos sucede, lo que vivimos y nos pasa. 

Fíjense lo que nos dice Isaías 55:8-9:

 “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isaías 55:8-9 RVR60). 

También, de cierta manera, si lo vemos desde otra perspectiva y creo que esa es la idea que tiene, en este caso, Pablo el Apóstol, cuando menciona estos pasajes en la carta a los Romanos, es que lo veamos bajo esta óptica: ‘Que finalmente, los pensamientos de Dios, evidentemente, son mucho más altos de lo que nosotros podamos considerar, pensar o imaginar. Y, por lo tanto, en lugar de tener temor, de preocuparnos y en lugar de verle como un Dictador, tendríamos que verlo como a aquel que está cargo, que Él tiene el volante y, por lo mismo, sabe hacia dónde va, aunque de pronto, haya turbulencia en el viaje. Si Dios es el piloto, tú y yo vamos a llegar al destino. Y tal vez, sea la única manera de llegar al destino. Entonces, la respuesta, de cierta manera, va encaminada a que debemos estar tranquilos en los designios de Dios y en confiar que Dios sabe lo que está haciendo. 

También hay que recordar otro principio importante, la vida no es justa. Esto es totalmente comprobable todos los días. Podemos salir a la calle y darnos cuenta de que la vida no es justa, el hombre no es justo. Pero Dios no es esta vida, no es este mundo. El hombre no ha reflejado el carácter de quién es Dios. Ninguno hemos reflejado a Dios como deberíamos. Entonces, no podemos tomar el parámetro de la justicia humana, como el parámetro de la justicia divina. ¡De ninguna manera! Dios, aunque es soberano y omnipotente, en ambas cualidades permite que sucedan una infinidad de cosas que no solo son malas, también hay que ser honestos, y debemos decirlo: Nos pueden pasar cosas malas, tal vez, pero también nos han pasado muchas cosas buenas, y tampoco las merecíamos. Eso debemos dejar claro y tenerlo presente, porque a veces, cuando estamos en la oscuridad, en la depresión y la tristeza, es muy fácil ver todo negro. Y dejamos de preciar lo bueno que Dios nos da, lo bueno que es Dios y lo bueno que tampoco merecíamos o, incluso, merecemos.  

Entonces, en esta perspectiva divina, si la paga del pecado es muerte, lo único que mereceríamos es la muerte, el lago de fuego, el infierno mismo. Porque esa sería la justicia perfecta como tendría que suceder. Entonces, por más injusticias que podamos vivir y por más cosas malas que nos puedan pasar, nunca debemos de pensar que Dios está siendo injusto con nosotros. 

¿POR QUÉ PUEDEN PASARNOS COSAS MALAS?   

Aun así, yo creo que no es muy satisfactoria esta respuesta, entonces, vamos a pensar: ¿Por qué es que nos pueden pasar cosas malas? ¿Por qué, si Dios es amor y bueno, al final también permite que nos sucedan cosas buenas? O, ¿para qué puede permitir que nos sucedan cosas malas? Vamos a ver algunos casos y razones del porqué nos pueden llegar a suceder estas cosas, llamémosles malas. 

La primera situación es el caso de Job. Si no conoces a Job, es un hombre que sufrió prácticamente como ninguno otro. Realmente como muy pocas personas. Fue un hombre que, podríamos decir, lo tuvo todo. Tenía la vida casi perfecta. Leamos la introducción del libro que nos dice quién era Job 1:1:

 “Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.” (Job 1:1 RVR60).

 Era un hombre que tenía 7 hijos y 3 hijas y tenía una riqueza impresionante. Era millonario. Y este verso, también nos dice algo importante acerca de él: que era perfecto y recto y apartado del mal. El término perfecto usado aquí, tiene que ver con madurez, con rectitud, con un hombre que está obrando conforme a la Palabra de Dios y en el temor de Dios. Se consideraba un hombre intachable, modelo, pero le sobreviene tremenda tragedia. La cual, desde la perspectiva humana, sería totalmente inexplicable, porque no hay razón para explicar lo que le sucede a Job. En un día lo pierde todo: a sus hijos, su riqueza, su salud, sus amistades. A su esposa no, pero con las palabras que le dice después ella, algunos dicen que ella era parte de la aflicción el haberla dejado a su lado. El caso aquí es que, Job sufrió como pocos en su carne, en sus emociones, en su espíritu. Realmente una tragedia, porque de un día para otro, inexplicablemente todo se desmorona sin un aparente motivo. Nosotros sabemos, porque el libro lo dice, que tras bambalinas estaba satanás. De cierta forma, como en un reto, con el Eterno sobre ¿qué tanto conservaría Job su fe y su integridad si lo perdiera todo? Entonces, aquí vemos también que, Dios tiene fe en el hombre y confía o cree, de cierta manera, en que somos capaces de que, a pesar del sufrimiento, seguir buscándole y confiando en Él. La reacción de Job es una lección, justamente, de lo que hoy estamos hablando. No es cuestión de que Job fuera perfecto en el sentido de perfección, porque también llega a cuestionarse y, por supuesto, a caminar como todo ser humano que sufre una tragedia, por el camino de las dudas y del pensamiento sobre si Dios es justo o no. Es humanamente entendible todo lo que Job vive, así que no lo podríamos juzgar. Pero, este libro de Job es parte de la respuesta al porqué nos pueden llegar a pasar cosas malas. 

Una de estas posibles respuestas es que, vamos a decirlo así, si Dios está permitiendo que satanás nos aflija, nos pruebe, nos sacuda, es con un propósito divino y mayor. Este es otro de los motivos por los que Dios permite que nos sucedan cosas malas: que aprendamos a confiar en Él plenamente. Quiere que aprendamos a caminar en la cuerda floja con Él. Algunas personas pensarán: ‘Yo confío en Dios, yo oro, mi fe está puesta en Él’, ‘¿En quién más voy a confiar? Pero no lo sabemos hasta que somos verdaderamente probados. Y Dios quiere una fe que crezca, que madure. Una fe perfecta que pase por todo fuego y siga adelante. Así, en este caso, Dios da una respuesta maravillosa a una situación así. 

Leamos Job 1:21-22:

 “y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.” (Job 1:21-22 RVR60).

 ¡Qué lección tan impresionante nos deja aquí Job! Esta es una historia de la vida real. Dios dio, Dio quitó, sea el nombre del Eterno bendito. Job confió plenamente en la provisión, en el sustento, en lo que da y en lo que quita. Y también supo esperar en Él como dice Job 13:15:

 “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré; No obstante, defenderé delante de él mis caminos,” (Job 13:15 RVR60).

 Aquí empieza Job a tener una perspectiva de que él mismo va a comenzar a defender sus caminos, tal vez no hubiese un Abogado para mí, se decía, pero yo mismo me voy a defender. Y seguiría esperando en Él. Esperar tiene que ver con confiar en Él. Job no se desesperaría, no se iría, no se saldría, ni tiraría la toalla. La prueba no lo amargó, sino generó en él un sentido de confianza y eso es lo que Dios quiere sí o sí para todos nosotros. 

Otra razón por la que nos puede llegar a pasar una tragedia o un momento muy difícil es porque Dios también quiere afirmar nuestro carácter. Son las pruebas y las adversidades las que nos hacen crecer y madurar. Realmente son las que nos hacen aprender. No son las bendiciones, el camino de la abundancia y prosperidad lo que afirma nuestro carácter, nos hace madurar y crecer. Son las pruebas realmente, junto con las adversidades las que nos hacen crecer y esforzarnos. 

Vamos a leer 2 Corintios 4:8-9:

 “que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos;” (2 Corintios 4:8-9 RVR60).

 Nos lo dice un hombre que también sufrió y vivió momentos muy difíciles de traición, de persecución y de que su vida estuviese en constante prueba. Sin duda, muchísimas adversidades vivió el Apóstol Pablo de quien estamos hablando. ¡Qué palabras escogió aquí Pablo! Aquí podemos aplicar el dicho coloquial que dice: ‘Lo que no te mata, te hace más fuerte’. En este caso, espiritualmente, tomados de la mano de Dios, así es. 

¿Cómo creemos que se forjaron y crecieron los grandes hombres de fe? ¿Cómo creemos que llegaron a esa estatura esos hombres y mujeres espirituales? Se forjaron a través de las pruebas más que de las bendiciones. Porque, a veces, confiar en las promesas implicaba un camino difícil: de espera, de lucha. Y, de ello, tenemos testimonio y ejemplo de que las pruebas también sirven para forjar el carácter y acercarnos al Eterno, para ayudarnos a crecer. De otra manera no creceríamos. Así que, esta es otra razón por la que Dios permite que pasen cosas malas. El examen es para que pases, para que asciendas y subas de nivel. Si no nos vamos a quedar toda la vida en el mismo lugar. Si queremos subir y escalar, tal vez ese camino, ese examen no sea siempre fácil. 

Otra razón importante por la que podemos pensar y creer que Dios permite que a la gente buena le pasen cosas malas es que también genere en nosotros empatía. Las pruebas nos ayudan a ser empáticos. Podemos decir que está más que comprobado en la sociedad. El Apóstol Pablo dijo: ‘Llorad con los que lloran’. Yeshua en la historia de Lázaro, el que resucita, dice que cuando vio a la gente en su tristeza y su dolor, Yeshua lloró. Esto nos muestra el sentimiento y apego que Yeshua tenía por otros, así como la empatía que también sentía por los demás. Si somos parte del mismo cuerpo que es el Mesías, eso implica tener empatía. 

Otra razón por la que puedan pasarnos cosas malas es que Dios quiere que tengamos una perspectiva de lo que es eterno. Una perspectiva de que esta vida no lo es todo, porque solemos vivir con una mirada desenfocada. Dejamos de ver para arriba y ya solo nos quedamos viendo el plano terrenal o, incluso peor, porque solo vemos para abajo. Así solo vemos el polvo y la tierra que está a nuestros pies. Este tipo de situaciones, estas pruebas, nos ayudan a tener una perspectiva distinta. Las tribulaciones también nos ayudan a pensar en el porvenir. 

Vamos a leer 2 Corintios 4:16-18:

 “Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Corintios 4:16-18 RVR60).

 Palabras muy sabias y valientes de Pablo, diciendo que no nos desmayamos, aunque este hombre exterior se va desgastando constantemente, esto no lo es todo. Esta tribulación es algo momentánea. Así es la perspectiva de la eternidad. La vida terrenal es nada. Imagina una cinta métrica de 100 kilómetros, esta vida es como 1 centímetro nada más. ¿Cuánto es un centímetro, contra 100 kilómetros? Nada, prácticamente. Consideremos esta vida así, como un centímetro dentro de cien kilómetros y pensemos que, entonces, esas tribulaciones son pasajeras y momentáneas. Por tanto, no pongamos nuestra mirada en las cosas que se ven, en las cosas temporales, sino en las eternas. A veces, el dolor nos fuerza a asomarnos hacia la eternidad. Esta vida no lo es todo, ni todo lo que podamos nosotros vivir. Y, también, como dice el dicho: ‘No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante’. Para la eternidad es para lo que nos debemos estar preparando. Cualquier dolor, por más grande que sea, tendrá una temporalidad en la perspectiva eterna, muy pequeña. Tal vez Dios permita esas cosas malas para que dejemos de pensar en el aquí y en este mundo y para que veamos más allá. 

También otra razón por la que el Eterno pueda permitir en su soberanía, que a las personas buenas les sucedan cosas malas, es porque les quiere dar una mayor recompensa. Esto lo aprendemos, una vez más, en la Palabra y tenemos un testimonio muy claro, justamente, en el mismo Job. Su historia es una tragedia total y él un hombre que, definitivamente, teniéndolo todo, lo pierde todo. Pero, al final de la historia, sabemos que Dios le recompensa, que Dios le da el doble de lo que tenía. De todo lo que tenía en el conteo del inicio del libro, Dios le da el doble. Excepto de algo, dice que no le da el doble de hijos porque sus hijos seguirían vivos. Dios le tenía siete hijos en el cielo y siete hijos que estarían delante de él en la tierra. Muchas bendiciones llegan envueltas en un paquete que dice: ‘La prueba terrible’. Ciertas bendiciones solo llegan por la mensajería del dolor, la tribulación y la angustia. Porque Dios, en su soberanía, también lo hace así. 

Si Dios te quisiera dar una gran recompensa, por ejemplo: 10 mil dólares, no es tanto, pero bien que te podrían ayudar. Y Dios te dice que te los quiere dar, pero necesitas pasar por una prueba. ¿Cuántos de nosotros diríamos que sí? La realidad es que no podemos escoger las pruebas. No funciona así. La vida no es así. 

SABEMOS QUE DIOS ES BUENO

Sin embargo, si sabemos que tenemos una promesa y sabemos que esa sí funciona así y está en la Palabra. Vamos a leer un pasaje más que conocido que vale la pena leerlo en este contexto de lo que estamos explicando. Romanos 8:28:

 “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” (Romanos 8:28 RVR60) 

Estamos hablando sobre ciertas pruebas y tribulaciones que Dios permite, pero con la finalidad de traer una mayor recompensa. Pablo dice en el verso: ‘Sabemos’ y, ¿por qué sabemos? Porque él conoce al Eterno y porque considera que los seguidores de Yeshua en esta comunidad también lo saben. Y, bueno, si hay un requisito para que todo nos funcione o todo lo que nos suceda en la vida, sea para bien. Eso es: “A los que aman a Dios”. Por tanto, hay que amar a Dios. Esa es una pregunta que solo tú puedes contestar: ¿Si amas o no a Dios? Pregúntatelo, considéralo y evalúalo. Pero si amas a Dios, tienes esta garantía, que todas las cosas ayudan para algo bueno, para algo mejor. Dijimos algo importante: ‘Dios no es deudor de nadie’. Si Dios no es deudor de nadie y una persona está sufriendo en esta injusticia que es la vida, Dios no va a permitir que eso quede así. Tal vez sí, en esta vida, pero definitivamente no en el mundo por venir. Aun en lo más malo, siempre hay algo bueno y, como decía, Dios no es deudor de nadie, conforme a la tribulación, a la injusticia y al dolor, yo tengo la certeza de que Dios, así, compensará. 

Me gusta recordar un ejemplo de una historia ficticia, que siempre la repito en la que, en un reino, había un rey que tenía un hijo. Y, este hijo era tremendo y, en un momento de fiesta, sale con los amigos del palacio, desciende al pueblo y provoca tremendo desastre, destrozos, destruyendo propiedades, locales, negocios que estaban por ahí, robando cosas, en un gran desenfreno. Al otro día llegan los locatarios y ven el destrozo, las pérdidas y primero, se enojan muchísimo, pero cuando se enteran de que lo ocasionó el hijo del rey, del enojo pasaron a la tristeza porque, ahora, ¿quién le va a cobrar al rey?, ¿quién va a tener el aplomo de ir con el rey? Así que todos estaban tristes contando sus pérdidas, haciendo cuentas uno al lado del otro, compartiendo entre ellos lo que les habían roto o robado. Sin embargo, estas noticias llegan a oídos del rey. Y el rey es un hombre que, podríamos decir, es justo, temeroso de Dios y, cuando se entera de esto, se avergüenza, por supuesto, del comportamiento de su hijo y manda llamar a todos los afectados que sufrieron pérdidas en su negocio. Estos hombres van al palacio, con cierto temor e incertidumbre y sin mucha esperanza. Sin embargo, les sorprende cuando el rey les dice: ‘Sé lo que hizo mi hijo, estoy avergonzado, lo voy a castigar y a poner en su lugar porque esto no se puede quedar así’. ‘Así que, por el honor, les voy a compensar: vamos a hacer cuentas’. El rey manda llamar al escriba y le dice: ‘Anoten cada uno lo que les fue roto o robado y tu escriba le agregas el doble’.  ¿Qué sucede entonces? El que estaba más triste por haber perdido más, salió más contento que el que había perdido menos. 

¿Qué nos enseña esta historia? Que, a veces, el que más ha sufrido aquí, será mucho más recompensado en el mundo por venir por el Rey. Así que, tal vez, algunos dirán: ‘¿Por qué me tocó tan buena vida en esta tierra?’. Esta es una historia que nos hace reflexionar y que, nos hace pensar que Dios no es deudor de nadie. Que, así como este rey fue capaz de compensar aún más. Yo tengo la certeza de que el Eterno compensará aún más en la medida justa y perfecta lo que cada individuo en este mundo haya sufrido y le haya tocado vivir en injusticias y dolor. Nuestras lágrimas y dolor, no le son indiferentes a Él. Así que, si tal vez, no es en esta vida porque es muy difícil pensar que en esta vida se hará justicia y se dará recompensa, yo te aseguro que en el mundo por venir la recompensa será grande. 

EL GALARDÓN ES GRANDE EN LOS CIELOS

También tenemos un testimonio más en la Escritura que cita Yeshua, pues les enseñó, de cierta manera, este principio a sus apóstoles en el evangelio de Lucas 6:23:

 “Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas.” (Lucas 6:23 RVR60).

 Si tú has vivido, porque nadie está exento, momentos tristes y difíciles, pues este versículo también es para ti. Este pasaje está hablando de la persecución y las tribulaciones que vivieron los profetas y que, ahora, les está tocando vivir a los Apóstoles. Así que, si a ellos les tocó, ¿por qué a nosotros no? Esto también es algo a considerar, si al Señor de la casa llamaron Belcebú, ¿cuánto más a los de la casa misma? Aquí dice: ‘Si a los profetas les hicieron así, pues también ustedes’. Pero gócense en aquel día, alégrense de que los persigan, alégrense de que tengamos tribulación, porque grande será el galardón en los cielos para ti. Grande será el galardón para ti en la medida que tú has vivido sufrimientos, dolores, tribulaciones y angustias. El hombre no podrá entenderlo, ningún psicólogo podrá comprenderlo completamente: ¡Nadie! Pero Dios sí, porque Él no es ajeno a las tribulaciones y angustias que vivimos. Y así como el rey tenía su escriba que le anotaba lo que se debía, así Dios te garantizo que tiene un ángel o un escriba que está al tanto de cada lágrima y momento difícil que tú has vivido para que te sea recompensado. 

Y, una razón más por la que pueden pasarnos cosas malas es, finalmente, una prueba de amor. El amor también necesita ser probado. Así como el oro se prueba con el fuego para que se despoje de todas las impurezas y lo que quede sea reluciente y lo que realmente vale. A veces, también tenemos que aceptar que, en nuestra relación con Dios, tenemos que pasar tribulaciones y momentos muy difíciles como una manera de validar nuestra relación con Él. Si tú estás casado y te tocó hacer estos votos: ‘Prometo estar contigo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las buenas y en las malas, en la victoria y en la derrota’, podrás entender mejor esto porque, finalmente con Dios, tenemos una relación. Siendo así, también las relaciones, sobre todo las importantes, también pasan por pruebas. El amor es una prueba, el amor es sufrido acorde con la misma Palabra de Dios. ¿No tenemos acaso, estos mismos votos con Dios? Aprendamos, una vez más, de Job 2:9-10:

 “Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete. Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.” (Job 2:9-10 RVR60). 

Ahora van a entender por qué dije anteriormente, por qué Dios le dejó a Job a la esposa. No se enojen mujeres y esposas, porque yo sé que ustedes no son así. Hombres que no les toque una esposa como la de Job, porque si te tocara, tal vez, considérala como parte de la prueba y que Dios te recompense. En el pasaje vemos cómo la mujer de Job, le dice: ¿cómo es posible que estés pensando en que Dios es bueno? Pero la respuesta de Job es impresionante porque muestra su gran carácter al decir que no solo va a recibir el bien de Dios. Por tanto, ¿qué nos hace estar a ti y a mí exentos? Ni por qué seamos hijos del rey. Creo que Job era más justo que cualquiera de nosotros y mira lo que le tocó pasar. Son parte de las pruebas del amor, los sufrimientos. 

ÚNICO CASO DONDE SI HUBO UNA “INJUSTICIA” 

Hay un caso donde podemos decir que, a alguien bueno le sucedió algo malo y es el único caso donde podríamos hablar de que sí se vivió una injusticia. 

Vamos a leer 1 Pedro 3:8:

 “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;” (1 Pedro 3:8 RVR60).

 Es obvio que, el único caso que podríamos considerar así es el caso del Mesías, de Yeshua. De esa situación, si podemos decir: ‘Esto no es justo conforme a la justicia divina’. El pasaje nos dice: ‘El justo por los injustos’. Así como en Isaías donde dice: ‘No abrió la boca, enmudeció y, aunque nunca hubo engaño, ni hizo maldad, Dios quiso azotarlo’. Yeshua ha sido el único justo delante de Dios, y Él sí podía preguntarse: ‘¿Por qué me sucede esto?’. Pero, Él no quiso pensar en esto, porque Él venía en la misión de dar su vida, justamente, por nosotros. 

Yo quiero invitarte, a pesar de que, no podamos entenderlo porque el dolor muchas veces es incomprensible. Y no encontraremos en este mundo una respuesta completamente satisfactoria a las situaciones que nos puedan llegar a pasar. Pero hoy hemos analizado algunas buenas razones como posibles respuestas. Debemos recordar que, a pesar de no entenderlo, no es tampoco nuestra misión en esta vida, entenderlo todo y entender el sufrimiento. Lo que sí podemos hacer es tomar esta postura y actitud que tomaron Job y, por supuesto, Yeshua, de confiar plenamente en nuestro Padre Celestial, en nuestro Dios, porque Él no nos ha dejado de amar en ningún momento. Nunca te ha amado menos, tampoco te ha dado la espalda, ni ha sido ajeno a lo que tú has vivido. Si no todo lo contrario, Él ha estado ahí contigo. 

Y, para cerrar con este estudio a esta pregunta, yo recuerdo mucho, justamente, algo que me hizo cambiar mi perspectiva en algún momento también difícil. Y es esta historia conocida igualmente como un tipo poema de un hombre que vio en retrospectiva su vida. Viendo cómo se marcaban sus huellas en la arena del mar y, llamándole la atención, vio que había un par de huellas junto a las suyas a lo largo de la arena, lo que le dio a entender que Dios siempre estuvo ahí con Él. Que el Mesías siempre caminó con Él. Pero, también le llamó la atención porque, en algún momento, esas huellas eran un par solamente y, entonces, recuerda que ese único par de huellas fueron en los momentos en los que el hombre había sufrido mucho. Y le pregunta a Dios: ‘¿Por qué me dejaste en esos momentos que fueron los más difíciles de mi vida?’. Pero la respuesta de Dios es única: ‘Yo no te dejé, Yo te iba cargando’. Esas huellas que ves eran las mías. 

Y yo creo que, algún día podremos, de cierta manera, ver en retrospectiva que, en los momentos más difíciles de nuestra vida, Dios no solo estuvo ahí, sino que nos llevó cargando. Así que, nunca tires la toalla en tu relación con Dios. Sigue confiando en Él, pues está contigo y nunca te dejará. Dijo Yeshua: ‘En el mundo tendréis aflicción, pero confíen, Yo he vencido al mundo’. 

Te invito a orar, a agradecer al Eterno, por su amor, por su compasión, por su misericordia y por su soberanía también. 

Espero que haya sido de bendición este estudio para ti y que me vuelvas a acompañar en una pregunta más de esta serie de: “Respuestas en la Biblia”.  

Que el Eterno te bendiga: ¡“Shalom” / Paz!

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